
Viste una chaqueta negra desteñida por el pasar de los años, en su cara lo acompañan un par de lentes graduados, que sirve para esconder aquella dura pena, que a pesar de los años sigue viva en su corazón como si hubiera sido ayer.
Su pelo teñido de blanco por el pasar del tiempo, su cuerpo lleno de mil dolores que nunca nadie supo de ellos, pasa solo y triste en un pequeño cuarto que está poblado de mil cucarachas, y de sus paredes cuelgan telarañas de casi 20 años. En la mesa de noche que lo acompaña desde que llegó a ese lugar, guarda tres cigarros franceses como una reliquia, de la que nunca se quiere separar por que se los regalo el único que daba felicidad a su vida.
En ese lugar, que en vez de llamarse cárcel debería de llamarse inodoro por que se desprenden unos olores asquerosos que en los olfatos de todos los reos ya estaban más que grabados, ya se habían acostumbrado a vivir con ellos. El espacio en que habitaban cientos de hombres pagando penas distintas se escuchaba y se olía de todo, y esa era la triste realidad que también vivía “el lobo”, como todos los presos lo apodaban, porque era un hombre callado, pero cuando se metían con él se defendía como un animal feroz.
Nunca reveló su identidad, era tan privado porque no quería que nadie supiera su forma de disfrutar la soledad. Un día, sentado en aquel viejo camastro en el que dormía, miraba, como todas las tardes, aquellas oxigenadas rejas que dividían su cuarto viejo del pasilo y pensaba y se preguntada con mucha tristeza “hasta cuándo me sacaran de este encierro, al cual llegué injustamente hace 30 años, porque nadie me pudo entender que no pude detenerme frente al asesino de mi hijo. Aquí he dejado la mitad de mi vida, solo recordando a cada instante, cada momento que viví junto a él, por eso disfruto de mi soledad, porque sé que allí estoy con él".
sos todauna fiera.... jajajaja esta bien chivooo!
ResponderEliminarJAJAJAJA sabes esta fue una de las primeras historias que escribi
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